¿Requerimos de una justicia ideal para avanzar en la resolución de la injusticia?

Con este primer ensayo del alumno Hazahel Hernández se inaugura Ensayos Revista de Estudiantes de Filosofía. Hernández, quien cursó la materia de Temas Selectos de Filosofía de la Historia y de las Ciencias Sociales con la profesora Elisabetta Di Castro, problematiza las ideas que el Premio Nobel indio, Amartya Sen, expone en su más reciente obra Idea de la justicia. El autor nos ofrece un recorrido sucinto pero incisivo de la visión positiva-trascendental de la justicia partiendo de las ya célebres tesis de John Rawls, para después contrastarla con la noción negativa de justicia propuesta por Sen. Finalmente, confronta la propuesta de Amartya Sen con lo expresado por pensadores como Thomas Pogge y David Álvarez, quienes señalan que un enfoque trascendental de la justicia puede ser relevante aun en condiciones específicas y particulares de casos de injusticia.
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Alumno: Hazahel Hernández Peralta
Colegio de Filosofía
Materia: Temas Selectos de Filosofía de la Historia y de las Ciencias Sociales (Filosofía Política)
Profesor: Elisabetta Di Castro

 

Resumen

Con este primer ensayo del alumno Hazahel Hernández se inaugura Ensayos Revista de Estudiantes de Filosofía. Hernández, quien cursó la materia de Temas Selectos de Filosofía de la Historia y de las Ciencias Sociales con la profesora Elisabetta Di Castro, problematiza las ideas que el Premio Nobel indio, Amartya Sen, expone en su más reciente obra Idea de la justicia. El autor nos ofrece un recorrido sucinto pero incisivo de la visión positiva-trascendental de la justicia partiendo de las ya célebres tesis de John Rawls, para después contrastarla con la noción negativa de justicia propuesta por Sen. Finalmente, confronta la propuesta de Amartya Sen con lo expresado por pensadores como Thomas Pogge y David Álvarez, quienes señalan que un enfoque trascendental de la justicia puede ser relevante aun en condiciones específicas y particulares de casos de injusticia.

Texto

El objetivo de este ensayo es discutir una tesis que Amartya Sen defiende en su libro Idea de la justicia. Esta tesis consiste en sostener que un enfoque trascendental de la justicia no es necesario ni suficiente para resolver casos particulares de injusticia. Aquí deseo analizar la argumentación de Sen y estudiar algunas críticas que se le han hecho. La estructura de este trabajo es la siguiente. Para encuadrar la discusión, en la primera sección estudio dos vías que se han propuesto para resolver el problema de la justicia. Después analizo dos aspectos de la propuesta de Sen: empiezo con su descripción del enfoque trascendental y comparativo de la justicia; y termino con los argumentos que propone para sostener que no existe ninguna relación relevante entre ambos acercamientos. En la tercera sección describo una propuesta que afirma que la tesis de Sen falla porque, si deseamos frenar desarrollos institucionales contraintuitivos, necesitamos recurrir a un ideal trascendental de la justicia. Cierro este apartado argumentando que esta tesis no resulta convincente. Sin embargo, en el balance general de la discusión, señalo que a pesar de no ser plausible, esta última propuesta rescata algunas intuiciones que tenemos cuando abordamos problemas de injusticia.

Dos caminos hacia la justicia

Imaginemos una sociedad estratificada y sumamente desigual que no cuenta con políticas públicas ni sociales que le ayuden a revertir su organización. Debido a esta dinámica social, hay una distribución desigual de derechos y deberes, de tal manera que su sistema jurídico otorga mayores libertades a las clases más favorecidas y aplica con discreción el código penal a los menos aventajados. Pero también existe una distribución desigual de las ventajas y desventajas que surgen de la cooperación social, pues la riqueza está concentrada en ciertos sectores al igual que la educación y salud de calidad.

Ahora supongamos que una persona nace en los estratos menos aventajados de esa sociedad. Sin realizar ninguna acción moral relevante para merecerlo, seguramente ocupará un lugar dentro del grupo de los menos favorecidos. Ahora bien, podemos preguntarnos razonablemente si esa sociedad es justa o no, pensar si su distribución de derechos y bienes respeta nuestras intuiciones o sentimientos morales, aún más, podemos cuestionar si los individuos que ocupan posiciones aventajadas realmente merecen estar ahí. Supongamos que acordamos que nuestra sociedad hipotética y otras parecidas a ella son injustas, ¿qué podríamos hacer teóricamente al respecto?

Cuando nos encontramos frente a sociedades injustas o ante situaciones de franca injustica, contamos ciertamente con fuertes motivaciones morales para tratar de formar una sociedad más justa. En la filosofía política contemporánea se han propuesto dos formas de hacerlo. La primera consiste en diseñar un camino negativo hacia la justicia; en este caso, simplemente deseamos pasar de una situación injusta a una menos injusta, y nos sentimos satisfechos cuando resolvemos distintos casos de injusticia y vemos que nuestro mundo es cada vez menos injusto. La segunda forma es una vía positiva; aquí modelamos una sociedad perfectamente justa y después nos proponemos organizar nuestras propias instituciones tratando de emular ese modelo.

La propuesta de John Rawls tal vez es el caso más representativo de una vía positiva hacia la justicia. Él piensa que una concepción de la justicia tiene la función de permitir formar una sociedad bien ordenada;[1] en una organización de este tipo se aceptan los mismos principios de justicia y se regulan las instituciones básicas conforme a ellos. Según argumenta en Teoría de la justicia, la manera de llegar a este acuerdo es por medio de un contrato hipotético donde cada miembro desconoce los datos que le permiten defender una concepción particular de la justicia; la función de este procedimiento consiste en garantizar la objetividad, la imparcialidad y la equidad de la decisión de los contratantes. Después de realizar este acuerdo hipotético, Rawls sostiene que se acordarán dos principios que distribuyen tanto deberes y derechos como ventajas y desventajas que surjan de la cooperación social.

Primero: Cada persona ha de tener un derecho igual al esquema más extenso de libertades básicas que sea compatible con un esquema semejante de libertades para los demás.[2]

Segundo: Las desigualdades sociales y económicas habrán de disponerse de tal modo que sean tanto a) para el mayor beneficio de los menos aventajados, como b) ligadas con cargos y posiciones asequibles a todos en condiciones de justa igualdad de oportunidades.[3]

Ambos principios están ordenados lexicográficamente entre sí, es decir, el primero tiene prioridad absoluta sobre el segundo. Por esta razón es inadmisible que las libertades básicas sean sacrificadas en aras de disminuir la desigualdad social o de ampliar las oportunidades individuales. Por otro lado, mientras que el primer principio resalta los compromisos libertarios de la teoría de Rawls, el segundo enfatiza su carácter igualitario. La primera cláusula del segundo principio propone un criterio para elegir entre distintos esquemas distributivos, el cual consiste en señalar que el mejor criterio es aquel que favorece la situación de los menos aventajados; la segunda condición plantea, por su parte, la exigencia de una igualdad equitativa de oportunidades. En este caso se considera que la estructura básica de la sociedad debe distribuir igualitariamente bienes básicos, esto es, bienes que cualquier ser racional desearía tener en mayor cantidad porque le permite llevar a cabo su proyecto de vida.

Según Rawls, si reguláramos la estructura básica de una sociedad conforme a los dos principios que propone, el resultado no podrá ser sino una sociedad justa. Por eso se ha pensado que una buena manera de argumentar en contra de su propuesta es haciendo ver que, aun siguiendo fielmente sus principios, llegamos a situaciones injustas.[4]

A contracorriente de una concepción positiva de la justicia, Amartya Sen ha defendido recientemente una vía negativa hacia la justicia.[5] Él no se propone alcanzar un modelo social perfectamente justo, sino eliminar injusticias patentes y reparables. Para pasar de una situación injusta a otra menos injusta, Sen nos propone proceder de la siguiente manera.[6]

El punto de partida es un fuerte sentimiento de injusticia ante cierta situación; este sentimiento puede surgir de distintas fuentes, como nuestras convicciones morales, teorías sustantivas acerca de la vida o simplemente la empatía humana. Al no existir un fundamento compartido, seguramente habrá distintas evaluaciones que no conducirán a las mismas conclusiones ni partirán de las mismas premisas. Por eso, después del sentimiento de injusticia, Sen recomienda pasar a una discusión crítica y pública que examine el carácter de las distintas evaluaciones, las teorías que las articulan, las conclusiones a las que conducen y las premisas de las que parten. La función de este nivel consiste en pasar de un sentimiento moral a un diagnóstico razonado de la injusticia. Finalmente, de este examen crítico públicamente realizado, se deberán elegir las políticas públicas y sociales que se consideren más adecuadas para remediar la situación de injusticia. Se pueden recurrir a diversos mecanismos para llevar a buen puerto esta empresa, como valerse del enfoque de la teoría de la elección social o de la mirada de un espectador imparcial. La idea que subyace detrás del planteamiento de Sen es esta: es más fácil llegar a un consenso acerca de la injusticia que ponernos de acuerdo sobre cuáles serían los rasgos de una sociedad enteramente justa. Por esta razón, si nuestro objetivo es hacer del mundo un lugar menos injusto, una vía positiva es menos prometedora que una vía negativa.

La relación entre una vía negativa y una vía positiva es controvertida. Si modelamos una sociedad perfectamente justa, podemos esperar pasar de sociedades injustas a sociedades más justas; como he señalado, en gran medida la propuesta de Rawls buscó hacer esto. Pero también es posible que una vía positiva no sirva de mucho para remediar casos particulares de injusticia. Como Platón, podemos imaginar un modelo altamente idealizado y después concluir que éste no puede realizarse bajo las condiciones que plantean las sociedades empíricamente constatables. Por otro lado, algunos autores han sostenido que podemos llegar a formular una concepción positiva de la justicia partiendo de una vía negativa.[7] Sin embargo, otros han considerado que la relación entre ambas acercamientos no es relevante para resolver casos de injusticia.

Amartya Sen ha enfatizado este último punto y se ha dado a la tarea de argumentar su postura; por eso, la estudiaré en la siguiente sección.

La propuesta de Sen

Sen distingue entre el institucionalismo trascendental y el enfoque comparativo.[8] Él agrupa diversas teorías de la justicia bajo el nombre de institucionalismo trascendental, las cuales tienen dos características en común: se concentran en las instituciones y pretenden modelar sociedades perfectamente justas. El enfoque institucional sostiene que si una sociedad cuenta con un modelo institucional justo, necesariamente es justa. Por eso, sus principales esfuerzos se dirigen a encontrar un sistema institucional adecuado para promover una concepción sustantiva de la justicia y a establecer una normatividad que les permita a las personas actuar según ese modelo.

Sen considera que las teorías de la justicia contemporánea plantean los esquemas de comportamiento correcto e instituciones correctas a un nivel trascendental, ya que no se ocupan de sociedades reales, sino de sociedades perfectamente justas. De ahí que el enfoque institucional termine por comprometerse con una postura trascendental.

Por su parte, un enfoque comparativo debe servir de guía para erradicar casos particulares de injusticia. Entre sus funciones está proporcionar los mecanismos adecuados para discernir si un cambio social será un avance o un retroceso en la eliminación de la injusticia y permitir comparar dos sociedades factibles para encontrar cuál de ellas es la menos injusta. Así pues, a diferencia del enfoque trascendental, un acercamiento comparativo siempre se ocupa de sociedades existentes o que, por lo menos, pueden llegar a existir. Pero también se distingue del institucionalismo al evaluar la justicia de una sociedad; en efecto, valora las reglas de comportamiento y las instituciones a la luz de las realizaciones sociales e individuales que efectivamente surgen de ellas, no por el modelo institucional en sí mismo. Sen considera que se debe poner especial atención en las cosas que los individuos realmente pueden hacer o las libertades que efectivamente tienen para elegir. De esta manera, aun cuando se cuente con un arreglo institucional idóneo, si éste no permite mejorar la calidad de vida de los miembros de la sociedad donde se aplica, sencillamente no funciona.

Ahora bien, Sen sostiene que un enfoque trascendental es irrelevante para resolver casos particulares de injusticia, afirma que no es suficiente ni necesario recurrir a él para hacer de nuestro mundo un lugar menos injusto. Los argumentos que propone son los siguientes.

Indeterminación institucional. Imaginémonos este caso. Tres niños llamados Amalda, Bartolomé y Carlos pelean por tener una flauta. Amalda la quiere, ya que de los tres es la única que sabe tocarla; por su parte, Bartolomé se empeña en tenerla porque es muy pobre, por eso dice que, si la tuviera, por fin contaría con un juguete propio; por último, Carlos argumenta que es suya porque estuvo haciéndola en un taller de artesanía y, cuando había acabado de fabricarla, llegaron Amalda y Bartolomé para quitársela. Se puede recurrir a distintos criterios para decidir a quién darle la flauta. Desde el utilitarismo hedonista, tendríamos que dársela a Amalda porque le reportaría su posesión mayor utilidad; pero, si partimos del igualitarismo, la flauta tendría que caer en manos de Bartolomé pues así habría una relación más igualitaria entre los niños; sin embargo, un libertario pragmático se la daría a Carlos, pues sostendría que un individuo tiene derecho de poseer lo que él mismo ha producido.

Sen ve en este ejemplo la dificultad de elegir los principios que deben regular la asignación de recursos en una sociedad particular: “Puede no existir, en efecto, ningún esquema social perfectamente justo e identificable del cual pudiere surgir un acuerdo imparcial”.[9] De ahí que exista una indeterminación cuando se escogen los principios que deben regular las instituciones de una sociedad perfectamente justa. El indeterminismo institucional social sostiene que en ciertos casos no habrá manera de elegir entre varios enfoques rivales de la justicia, y cualquier elección realizada bajo estas circunstancias tendrá un dejo de arbitrariedad.

Si bien este argumento no brinda razones directas para afirmar que un enfoque ideal de la justicia es irrelevante para resolver casos de injusticia, cuestiona una de las premisas básicas del proyecto para elaborar una vía positiva hacia la justicia y las pretensiones del institucionalismo trascendental. En efecto, señala que encontrar principios básicos para regular las instituciones es una tarea que muy posiblemente no conducirá a un acuerdo concluyente. De ser esto así, nunca se podría satisfacer plenamente el objetivo de encontrar el modelo de una sociedad perfectamente justa.

Innecesaridad de la vía trascendental. El enfoque comparativo se propone elegir entre distintas sociedades factibles para decidir cuál de ellas es menos injusta. Supongamos que existen dos sociedades esclavistas, S1 y S2. Ambas sociedades son exactamente iguales salvo en un punto: mientras que los esclavos de S1 cuentan con algunos derechos garantizados por un sistema jurídico, los esclavos de S2 carecen de esta garantía jurídica. A partir de esta información, el enfoque comparativo prescribirá elegir S1, pues ese modelo social es evidentemente menos injusto que S2. Al momento de realizar esa elección, alguien podría decir que, según una teoría sumamente plausible, en una sociedad idealmente justa se escogió la libertad más amplia compatible con una libertad similar para todos. Pero no necesitamos recurrir a este planteamiento para decidir si S1 es menos injusta que S2; en nuestro ejemplo, el criterio está dado en decidir qué sociedad otorga derechos y los protege jurídicamente. Así pues, un enfoque trascendental de la justicia es innecesario para realizar elecciones comparativas entre distintas sociedades empíricamente constatables.

Sin embargo, se puede objetar que sí es conveniente tener en mente una concepción ideal de la justicia, pues ésta nos daría un criterio para jerarquizar distintas opciones. El criterio de justica ideal señalaría que, entre dos o más sociedades, debemos elegir la que se acerque más al modelo de una sociedad perfectamente justa. Sen cree que ese planteamiento no es prometedor por dos razones.

Por principio, la cercanía descriptiva no es forzosamente una guía para alcanzar la proximidad valorativa. Imaginemos que una mujer prefiere el amarillo al azul y que, por eso, decide pintar su casa de amarillo. Pero cuando va a la tienda, no encuentra ninguna gama de amarillo. El tendero le ofrece entonces comprar un galón de verde. Si bien el verde está descriptivamente más próximo al amarillo, eso no quiere decir que la mujer esté ansiosa de pintar su casa de ese color. Por otro lado, Sen afirma que al momento de comparar una sociedad empírica con un modelo ideal, se tiene que evaluar “la importancia relativa de las distancias en las distintas dimensiones”.[10] Por ejemplo, si deseamos saber cuál de dos sillas es la mejor según cierto modelo ideal, debemos tomar en cuenta varios aspectos para realizar esa evaluación y después decidir cuál de ellos es relevante y, en consecuencia, qué distinción es las que vale la pena tomar en cuenta. Sin embargo, este último punto no parece ser una verdadera dificultad para el defensor del institucionalismo trascendental, pues su teoría puede indicar qué elementos son relevantes al momento de evaluar la justica o injustica de una sociedad. Así pues, podría prescribir fijar la mirada en la distribución de derechos y deberes, así como cargas y beneficios que surgen de la cooperación social.

Insuficiencia de la vía trascendental. Sen sostiene que aun si contáramos con un modelo de una sociedad enteramente justa, de eso no se seguiría que se tuvieran mecanismos adecuados para evaluar casos particulares de injusticia. En particular, sostiene que la caracterización

de justicia impecable, aun cuando tal caracterización pudiera surgir con claridad, no entrañaría descripción alguna de cómo se compararían y graduarían diversos cambios de rumbo respecto de la impecabilidad.[11]

En efecto, el modelo prescribe cómo debe ser una sociedad perfectamente justa, pero no dice nada acerca de cómo evaluar las maneras en las que las distintas sociedades pueden alejarse radicalmente de él. Esta deficiencia es clara cuando no existe un resultado óptimo entre distintas opciones. Así pues, una teoría que señala que las personas deben contar con el esquema más amplio de libertades compatible con el de los demás, no nos ayuda a elegir entre un conjunto de regímenes totalitarios que violan al mismo grado, y en igual número, la libertad de los civiles.

El enfoque comparativo no conduce a una idea de la justicia perfecta. Finalmente, Sen argumenta que una secuencia de comparaciones por parejas no conduce a ir identificando la mejor alternativa hasta llegar a un resultado óptimo, el cual correspondería con el modelo de una sociedad enteramente justa. Como demuestra el argumento de la indeterminación institucional, en ciertos momentos habrá reclamos enfrentados que no se podrán resolver satisfactoriamente. En esas situaciones contaremos con una serie de opciones máximas, pero ninguna de ellas óptima. En efecto, a pesar de existir un conjunto de buenas razones, no sabremos a qué niño darle la flauta, y cualquier decisión definitiva será como lanzar una moneda al aire.

Después de exponer sus distintos argumentos, Sen concluye que

A pesar de su propio interés intelectual, la pregunta por la sociedad justa no es buen punto de partida para una teoría útil de la justicia. A esto hay que añadir la conclusión adicional de que puede no ser tampoco un buen punto de llegada.[12]

Sin embargo, existen autores que han defendido que sí requerimos de la noción de una justicia ideal para avanzar en la resolución de la injusticia. A continuación analizaré la sugerente propuesta de Thomas Pogge y David Álvarez.

Argumentos contra la propuesta de Sen

Thomas Pogge y David Álvarez sostienen que el enfoque trascendental puede desempeñar una función relevante en la elección de alternativas prácticas existentes.[13] De estar en lo correcto, una concepción ideal de la justicia proporcionaría en algunos casos criterios relevantes para elegir entre distintas políticas públicas o para evaluar diversos modelos sociales. Y, en consecuencia, un enfoque trascendental no siempre sería innecesario al momento de corregir casos particulares de injusticia.

Es importante decir que Pogge y Álvarez no defienden el modelo de una sociedad perfectamente justa, sino un ideal trascendental de justicia mínima. Este ideal es semejante a un consenso entrecruzado. En su descripción original, Rawls sostuvo que el consenso entrecruzado se da entre doctrinas comprehensivas, sean religiosas, morales o políticas, que no son necesariamente incompatibles entre sí. Si bien esas doctrinas divergen en varios aspectos, pueden llegar a tener cuerdos comunes, como una misma concepción de la justicia.[14]

Algo semejante a este acuerde ocurre con el ideal trascendental de justicia mínima propuesto por Pogge y Álvarez. Pero, en este caso, el consenso se da entre distintas concepciones de la justicia y el acuerdo consiste en llegar a una concepción mínima de la justicia. De esta manera, aunque un libertario, un igualitarista y un comunitarista sostengan tesis incompatibles entre sí, bien pueden reconocer ciertos principios mínimos de justicia. Sin embargo, lo cierto es que ambos autores reconocen que actualmente no existe un acuerdo unánime acerca del contenido del ideal trascendental de justicia mínima. Pero consideran que se han realizado algunos avances importantes para lograr un consenso de este tipo, como queda demostrado con el caso de los derechos humanos. En efecto, ellos creen firmemente que esa clase de derechos es lo más cercano que tenemos a unos principios mínimos reconocidos a escala global; de ahí que los usen para darle contenido a su propuesta.

Sin embargo, no es evidente que una concepción mínima de la justicia tenga una “función relevante” para resolver casos particulares de injusticia. Según vimos en su momento, Sen argumenta que no es necesaria ni suficiente para hacerlo. Entonces, ¿por qué deberíamos retomar esa noción como un elemento importante al momento de resolver casos particulares de injusticia? Pogge y Álvarez sostienen que sin una concepción mínima de la justicia, el enfoque comparativo es incapaz de frenar un desarrollo institucional que vaya en contra de nuestras intuiciones acerca de la justicia. De esta manera, aun aceptando que una concepción mínima de la justicia no es necesaria ni suficiente para tomar decisiones sobre casos particulares, tiene la función de frenar un desarrollo institucional contraintuitivo.

Para entender adecuadamente el sentido de esta tesis, debemos recordar que en los diseños institucionales las decisiones actuales dependen de las decisiones pasadas.

Si hemos acordado a nivel constitucional regular nuestra conducta conforme un sistema de gobierno democrático, el despotismo no es una opción existente en nuestro sistema político-jurídico. Esa relación de dependencia provoca que, al momento de elegir entre distintas alternativas, se deba considerar cómo una elección puede limitar el abanico de opciones futuras o hacia qué dirección tiende a encausarlo. Por ejemplo, A puede ser preferible en primera instancia a B, pero si al institucionalizar A condicionamos otras alternativas hasta llegar a una situación incompatible con nuestras concepciones de la justicia, caemos en la cuenta de que A no era en realidad una buena opción.

Según Pogge y Álvarez, el enfoque comparativo es poco sensible al respecto. Para ilustrarlo, nos piden imaginar la siguiente situación. Un hombre primitivo desea cruzar un arroyo y, según ha analizado, la mejor estrategia es saltando de piedra en piedra. Pero si sólo se dedica a saltar de esa manera, sin tener una dirección fija, puede terminar en un punto muerto. Pogge y Álvarez piensan que, de manera análoga, cuando únicamente nos dedicamos a elegir entre comparaciones por parejas para reducir casos particulares de injusticia, podemos terminar en una situación que no sea acorde con nuestras ideas acerca de la justicia.

Para evitar este tipo de puntos muertos, ellos proponen seguir la siguiente estrategia. Primero, formular una concepción mínima de la justicia global a partir de ciertos derechos humanos. Después jerarquizamos distintas alternativas según se acerquen al ideal mínimo de justicia propuesto. En este caso pueden surgir tres posibilidades: a) ambas opciones son compatibles con el ideal trascendental, en este caso, deberán jerarquizarse según sus características intrínsecas, b) solamente una opción es compatible, de suceder este caso, esa opción tiene primacía absoluta sobre las demás y c) ninguna opción es compatible con el ideal, cuando sucede este tipo de situaciones trágicas, se debe escoger la alternativa que implique el menor mal.

Ahora bien, que una opción sea compatible con el ideal trascendental de justicia mínima significa por lo menos dos cosas. Por un lado, su contenido está próximo a ese ideal; por el otro, el desarrollo institucional que genera es compatible con él. La primera condición tiene primacía sobre la segunda, ya que si una opción se acerca a una concepción mínima de la justicia pero no genera un desarrollo institucional acorde con ella, entonces no estamos ante una buena alternativa.

Pensemos en el siguiente caso.[15] Como la salud es un derecho humano, podemos decir que el derecho a ella forma parte de la justicia global mínima. Una concepción mínima de la justicia afirmaría que el acceso a los servicios médicos tiene que distribuirse de tal manera que las desigualdades sean en beneficio de los menos aventajados y que se dé en igualdad de oportunidades.[16] A partir de este ideal mínimo, podemos juzgar distintas instituciones sociales y jerarquizarlas según se acerquen a él.

Supongamos que tenemos las siguientes opciones: por un lado, eliminar las patentes médicas sin proporcionar incentivos para los innovadores; por el otro lado, implementar un patrón de incentivos que tenga un impacto mayor para la salud de las personas menos aventajadas. Si bien la eliminación de las patentes provoca a corto plazo una reducción de los precios de los medicamentos, a largo plazo puede conducirnos a un punto de no retorno. En efecto, puede desincentivar la inversión en la creación de medicamentos y la situación resultante no es compatible con nuestro ideal de justicia mínima pues el acceso a la salud sería aún más restringido. En contraste, si motivamos la inversión médica, se producirán nuevos medicamentos que minimizaran el impacto diferencial que tienen algunas enfermedades en los grupos más vulnerables. Si bien las personas con mayores recursos aún tendrán un acceso privilegiado a la salud, las desigualdades tenderán a favorecer a los sectores menos aventajados.

Pogge y Álvarez piensan que su teoría de un ideal trascendental de justicia mínima es compatible tanto con un enfoque trascendental como con un enfoque comparativo. Al igual que este último, su propuesta plantea la elección de alternativas buscando reducir casos reparables de injusticia. Sin embargo, lo hace proponiendo la posibilidad y la necesidad de una concepción trascendental de la justicia: eso acerca su teoría a un enfoque trascendental que busca modelar una sociedad enteramente justa. Pero, como hemos visto, la teoría de Pogge y Álvarez reduce sus alcances a un esquema mínimo que permita el desacuerdo entre teorías rivales de la justicia.

Lamentablemente, si sólo partimos de su propuesta, aún sigue siendo controvertido que una concepción ideal de la justicia sea necesaria o suficiente para reducir casos particulares de injusticia. Deseo cerrar está sección argumentando que el planteamiento de ambos autores no logra sortear esa dificultad.

La tesis que defienden Pogge y Álvarez tiene dos interpretaciones. En una lectura fuerte sostiene que, aunque no se tenga un acuerdo unánime, se puede hablar de un ideal trascendental de justicia mínima. De decir algo como esto, ambos autores estarían cometiendo una petición de principio, pues nos pedirían aceptar algo que todavía no han demostrado. Bajo una interpretación débil su tesis debe formularse de manera condicional, ya que la existencia de un ideal trascendental de justicia mínima es controvertible y ellos no han justificado que de hecho exista. Desde una lectura débil su afirmación es la siguiente: si existiera un ideal trascendental de justicia mínima, éste desempeñaría una función relevante en la elección de alternativas prácticas existentes.

Si partimos de esta última interpretación, Pogge y Álvarez deben demostrarnos dos cosas antes de aceptar su propuesta, a saber: la existencia del ideal que proponen y la función relevante que éste puede tener al momento de disminuir situaciones de injusticia. Como ambos autores reconocen, aún no existe una argumentación acabada para aceptar un consenso capaz de formar el ideal que han introducido. Evidentemente, esto limita profundamente el alcance de sus pretensiones, puesto que, como no han demostrado que exista ese ideal, no tenemos razones suficientes para aceptar que cumpla una función relevante en la elección de prácticas existentes.

Pero, aun así, podríamos asumir que un ideal trascendental de justicia mínima existe y, a partir de eso, ver qué tan necesario podría ser para acabar con la injusticia en el mundo; si su relevancia fuera notable, eso nos motivaría sin duda para esforzarnos en justificar su existencia. En gran medida la argumentación de Pogge y Álvarez sigue esta dirección; sin embargo, incluso si realizáramos este supuesto, sigue siendo controvertible la importancia de un ideal trascendental de justicia mínima.

El enfoque comparativo no tiene forzosamente que recurrir a ese ideal para frenar una dinámica contraintuitiva. Simplemente debe introducir cláusulas de este tipo: entre un par ordenado de alternativas, si una opción conduce a mediano o largo plazo a generar situaciones de injusticia o reduce las alternativas de tal manera que esas condiciones puedan darse, es una mala opción. De esta manera se evita la miopía del enfoque comparativo si se introducen condiciones que lo obliguen a mirar hacia el futuro. Entonces, pues, el enfoque comparativo puede resolver casos de injusticia sin comprometerse con la existencia de un ideal trascendental ni caer en una dinámica institucional contraintuitiva.

Balance

Como hemos visto, la propuesta de Sen trata de ir más allá de una vía positiva hacia la justicia. En especial, desea realizar un viraje: pasar del institucionalismo trascendental a un enfoque comparativo. Este cambio implica dejar atrás la dirección que varias teorías de la justicia habían seguido hasta el momento, pues, tal como sostiene, si se trata de acabar con la injusticia existente el modelo de una sociedad perfectamente justa es inútil.

Pogge y Álvarez critican el olvido de una concepción ideal de la justicia y tratan de introducirla nuevamente en la discusión. Si bien su propuesta no llega a ser del todo convincente, colocan sobre la mesa del problema la posibilidad de formar una concepción mínima de justicia partiendo de los derechos humanos. Aunque la fortuna de este proyecto aún es incierta, bien podemos preguntarnos, junto con ellos, si partiendo de esta clase de derechos no se podría formar una red de enunciados que, en su conjunto, formen una concepción mínima de la justicia que cumpla las condiciones de equidad, universalidad y objetividad que han caracterizado al institucionalismo trascendental. Por supuesto, el desarrollo de esta idea sobrepasa por mucho los límites de este trabajo. A decir verdad, éste sólo ha deseado hacer ver las dificultades que existen cuándo se trata de sostener, a la luz de la obra de Sen, el ideal de formar una sociedad perfectamente justa o un ideal trascendental de justicia mínima.

Bibliografía

-          Gargarella, Roberto, Las teorías de la justica después de Rawls, Barcelona, Paidós, 1999.

-          Pogge, Thomas y Álvarez, David, “Justicia global: dos enfoques”, en: Isegoría, núm. 43, julio-diciembre, 2010, pp. 573-588.

-          Rawls John, Teoría de la justicia, México, FCE, 2010

-          —————, La justicia como equidad, Barcelona, Paidós, 2002.

-          Sen, Amartya, Idea de la justicia, México, Taurus, 2010.

-          Villoro, Luis, “Una vía negativa hacia la justicia”, en Los retos de la sociedad porvenir, México, FCE, 2007, pp. 15-41.



[1] John Rawls, Teoría de la justicia, México, FCE, 2010, p. 18.

[2] Ibíd., p. 67.

[3] Ibíd., p. 88.

[4] Para una reconstrucción de este tipo de argumentos, véase a Roberto Gargarella, Las teorías de la justica después de Rawls, Barcelona, Paidós, 1999, pp. 69-85.

[5] Amartya Sen, Idea de la justicia, México, Taurus, 2010.

[6] Ibíd., pp. 11-13, 33-36, 121-128.

[7] Por ejemplo, Villoro propone un esquema integrado por una serie de etapas que no son “sucesivas en el tiempo, sino estadios de complejidad creciente en el desarrollo de un orden moral”. Según este esquema, primero ciertos individuos adquieren conciencia de carencias compartidas que son causadas por otros agentes. Villoro describe esa situación de injusticia como una dicotomía entre agresor y agredido. En una segunda etapa, el agredido es consciente de su propio valer y se equipara con el agresor. Finalmente, posiblemente se reivindique un valor común en el conflicto entre el agresor y el agredido: la no exclusión. Si eso pasa, a partir de ese valor compartido, se llega a elaborar un criterio para universalizar normas o valores morales. Dicho criterio señala que, en una comunidad dialógica históricamente situada, se podrán universalizar normas o valores siempre y cuando no se excluya a otros individuos. Villoro piensa que a partir de ese criterio se lograrán suprimir gradualmente las diferencias excluyentes y, con esto, nos aproximaremos, cada vez más, “a una idea de justicia cabal en la que se suprimirán las diferencias.” Sobre este planteamiento, véase a Luis Villoro, “Una vía negativa hacia la justicia”, en Los retos de la sociedad porvenir, México, FCE, 2007, pp. 15-41.

[8] Amartya Sen, op., cit., pp. 15, 19, 20, 37-42 y 50-53.

[9] Ibíd., p. 47.

[10] Ibíd., p. 48.

[11] Ibíd., p. 129.

[12] Ibíd., p. 135.

[13] Thomas Pogge y David Álvarez, “Justicia global: dos enfoques”, en: Isegoría, núm. 43, julio-diciembre, 2010, p. 576.

[14] John Rawls, La justicia como equidad, Barcelona, Paidós, 2002, pp. 58-59.

[15] Thomas Pogge y David Álvarez, op., cit., pp. 583-586.

[16] Ibíd., p. 584.